Carlos León. Mujer desnudándose muchísimo, 2008. VEGAP, Segovia, 2017 

Carlos León (Ceuta, 1948) tenía a sus espaldas una biografía cosmopolita, con largos años en París y Nueva York cuando, en 2002, se instaló en Segovia, la ciudad en la que había transcurrido su infancia. Ahora, en estos últimos años, el artista ha obtenido un reconocimiento indiscutible, como prueba la concesión del Premio de la Cultura de la Comunidad de Madrid en la modalidad de Artes Plásticas en 2014. Y, recientemente, el Premio Arte y Mecenazgo de “la Caixa” en 2016.

Una obra y una trayectoria como estas son motivos sobrados para dedicarle una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente. Como un reconocimiento de su extraordinario trabajo pictórico, pero sobre todo, para ofrecer al público la posibilidad de acercarse a una obra que para la mayoría sigue siendo desconocida. Para el pintor es también el momento de hacer explícitos sus lazos con una ciudad que, tras reiteradas Estancias a lo largo del tiempo, ha terminado por convertirse en su residencia definitiva.

Pero esta exposición utiliza la palabra Estancias en otro sentido, pues consiste en una serie de aposentos en los que se muestran, combinadas en distintas proporciones pinturas, fotografías y objetos. Nos gustaría haber logrado trasladar al Museo el ambiente del estudio del pintor, hacer de sus salas un lugar habitable, habitado a partes iguales por el arte y los espectadores.

En estos cuadros uno puede descubrir musgos y matorrales. Nubes y escarchas. Heridas y tendones. Todo el dramatismo de la naturaleza. Carlos León es, sin duda, un pintor de paisajes, pero a una escala en la que, sin visión de conjunto, nos parecen abstracciones. Es un pintor de la naturaleza, pero no pinta la naturaleza. No pinta la hoja ni el tallo, ni la víscera ni el músculo. Si hubiera pintado unas y otros de forma realista, las miraríamos a través de sus ojos. Pero no es así. Pinta pinceladas. Y manchas, veladuras, chorreados, lavados. No hay un dibujo previo sobre el que se desarrolle la obra. Se mueve sobre el soporte con decisión pero sin previsión. Siguiendo una intuición, guiado por la música. Actúa pues como naturaleza y como tal la reconocemos en su pintura.

El artista, que ha mirado y fotografiado la naturaleza desde hace años, un día se dio cuenta de que encontraba en las fotografías de su entorno lo que él hacía en el estudio. En algunas de ellas la semejanza con sus cuadros es sorprendente. Las fotografías recorren, por así decir, el camino inverso al de sus cuadros. Si éstos son abstracciones que evocan la naturaleza, las fotografías son naturaleza convertida en abstracción. Son una prueba de lo relativa que es la frontera entre lo figurativo y lo abstracto.

Carlos León ha dicho en alguna ocasión que mientras que su pintura estaba relacionada con la música, sus objetos o esculturas lo estaban con el pensamiento. La fluidez de la primera y el procedimiento constructivo de los segundos lo confirman. El artista empezó a armar estos ensamblajes a partir de 2014 y aunque diferentes de la pintura, participan de su mismo impulso vivificante y creador. Los materiales que utiliza son piezas de maquinas averiadas, chatarra variopinta y mobiliario obsoleto. Son objetos que habían llegado al final de su vida útil y yacían condenados al olvido y que así encuentran otra vida. Es La vida secreta de los muebles, como se llama una de las obras. León opera con el principio del collage surrealista, mediante combinaciones que producen metáforas y significados imprevistos. También, en ocasiones, señala en estos materiales analogías con su pintura. Son evidentes en el caso de las superficies oxidadas, despintadas o corroídas (en Estanque cifrado, por ejemplo). O en los Vellones (2016), masas de lana esquilada, tan parecidas a ciertas áreas de sus cuadros. Mención aparte merecen los que llama Colores laborales (2016). Son colores llamativos, planos, inconfundibles, que ahora reunidos componen una paleta de inesperada delicadeza.

Encontramos, por último, los bodegones de cristal titulados Acoplamientos (2016), cuyo material procede de una colaboración con la Real Fábrica de Cristales de La Granja. El collage es, en este caso, de transparencias, son fragmentos de cristal roto que se encajan en equilibrio unos sobre otros. Su belleza frágil, amenazada pero también amenazadora, es una metáfora de nuestra maravillosa y precaria existencia.

Es precisamente en la Real Fábrica donde se ubica la última sala de esta exposición. Junto con nuevos Acoplamientos, encontraremos un montaje de acetatos, un material muy apreciado por el pintor, con el que ha querido mostrar otras posibilidades de la transparencia.

José María Parreño, Comisario